Ayer, en el ambulatorio.


 

En la espera, que se te hace eterna hasta que llega tú turno. Los abuelos que me antecedían se pusieron a hablar distendidamente. Se conocían de vista, en este pueblo grande que es Cuenca. Coincidían los hombres por San Antón. El de más edad, para definirla, dijo que era de la quinta del biberón, corrigió, del saco. Tres meses estuve en la instrucción en San Clemente, base de uno de los campamentos del ejército republicano. Su mujer dice que cada domingo se pierde por San Antón para ir a ver a San Julián, qué no sabe que tendría él con el patrón de Cuenca. La conversación derivaba entre los comentarios que sobre los piojos que había en San Clemente, cortados por la preocupación de la mujer por su salud. Ya no sale, decía, nada más que para ir los domingos a dar esa vuelta. Desaparecieron las mujeres y quedaron los dos hombres hablando. Para demostrar su juventud, el otro le decía que su padre había estado en las quintas mencionadas. No estaba ninguno de los dos para mucho baile.

Los escuchaba atentamente y me atreví a acercarme a ellos. Quisiera saber más sobre esas historias que cuenta, pero la mujer ya salía de la consulta con sus recetas en la mano y él se excusó. Se levantaron y se fueron por el pasillo adelante. Veía marcharse a uno de aquellos niños forzados a movilizarse para acudir al frente y defender las libertades republicanas antes del asalto final. Insistí, salí tras ellos y en la cola para solicitar una nueva cita, retomé la conversación. Le confesé mi necesidad de saber y de la posibilidad de que él me atendiera. No quiero hablar de aquello. Se retrajo frente al desparpajo con el que contaba anécdotas a un compañero en la cola de la doctora. No quiero hablar porqué vi mucho y nada bueno. Además con los tiempos que corren. Mira y me puso la mano sobre el hombro, no hay justicia ahora en España. Y aunque quisieran hacerlo peor, no podrían. Al despedirme le dije que algún día lo encontraría por San Antón. Él sonrió. Puede que así conozca por qué cada domingo se acerca a hablar con San Julián, aunque me cueste prometerle que no se lo diré a su mujer.

Pedro Peinado Gil

Arcas, 20 de marzo de 2012

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