¿Por qué no nos independizamos todos? I



Viñeta publicada en el semanario satírico republicano “L’Esquella de la Torratxa” (5 de marzo de 1937).
Fuente: Fuandación Andreu Nin

Convergen en Catalunya, diversos factores que han arrastrado a buena parte de sus sociedad a la demanda de la independencia. El continuo desprecio con el que se ha tratado los sentimientos del pueblo catalán, sería la primera razón a esgrimir y tiene sus raíces bien profundas en el pasado. Ese desprecio forma parte del analfabetismo político español y se materializa en la incomprensión y la banalización de la cultura y el “ser” catalán. Ciertos componentes del nacionalismo español siguen considerando a Catalunya un territorio conquistado y cuando las formas más radicales del centralismo han llegado al poder, han significado la prohibición de su lengua, la aniquilación de sus códigos civiles y la disolución de su sentimiento nacional.

En el orden político, el problema se enquistó una vez igualadas las competencias en todas las comunidades autónomas, con o sin raigambre histórica. Se equiparaba a un pueblo con un fuerte sentimiento nacionalista con otros en las que su generación regional era reciente y carecían de instituciones propias en las etapas históricas precedentes.

El fracaso de la reforma de L’Estatut  se tradujo simbólicamente. Más allá de las razones jurídico-constitucionales, significaba el techo a donde podía aspirar el catalanismo y mostró la cara menos amable del Estado, pues fue un tribunal político el que truncó lo votado por los ciudadanos en Catalunya.

El provecho que de la política anticalanista han realizado la derecha y la izquierda nacional, ha solidificado históricamente ese desprecio cultural, manifestándose en la falta de comprensión de lo que se bautizó como “hecho diferencial”. Se requiere una adhesión a la patria española sin ambages, imponiéndose, que el resto de sentimientos nacionalistas se supediten por arte de magia. Podríamos hacer una traslación a una relación parental, donde los roles fueran asimétricos. Imaginémonos a un padre que sigue tratando a un hijo como alguien inmaduro a pesar de haber superado todas las etapas de crecimiento y que tiene que aceptar la jerarquía paterna hasta el post mortem.

La adscripción nacionalista es sentimental. Se hereda de generación en generación, supera las etapas históricas a pesar de la represión y se mantiene vivo por la voluntad colectiva, por lo menos desde el S XVIII. Todos los esfuerzos en desnaturalizar el sentimiento nacionalista para adoptar otro, es inútil, a no ser se alarguen en el tiempo y se reconozcan como iguales hasta fusionarse. Las relaciones establecidas entre el reino de España con las diferentes entidades jurídicas en las que se encontraba Catalunya, fue, la mayor parte de las veces, bajo la utilización de la fuerza. Los intentos de que su lengua desapareciera bajo el castigo fracasaron. Ahora, que somos más civilizados se pretende sofocar esa pulsión territorial recurriendo al aparato legal. Si en las leyes no tienen cabida las expresiones de ese sentimiento, es que éstas se quedan cortas y habrá que reformarlas en su justa medida. El poder legislativo tiene la obligación de adaptarse a la realidad y no a la inversa, pues esto significa que se utiliza tal ordenamiento como medida de presión, cuando, no, de represión. El hecho de que se prohíba expresamente la realización de consultas populares, como canal de participación ciudadana, nos invita a pensar que nuestra democracia no está completa y resta al servicio de la idea, no por caduca, mayoritaria, de la indisoluble unidad de la patria.

La Crisis no solo es económica es, a su vez, social y política.

La crisis ha servido de catalizador del movimiento independentista. Ha ocasionado el desprendimiento social, el convencimiento de que salir de la crisis será más difícil dentro de la nación española. Se sienten esquilmados, ya que la aportación de Catalunya al erario público no solo no retorna, además, está mal gestionada en aquellos territorios necesitados de la solidaridad territorial. No es necesario que esto sea cierto. Estamos hablando de sensaciones, de actitudes y de prejuicios en los que participan, no solo los catalanes, sino, un buen número de ciudadanos de otros territorios.

Aquellas estructuras que dependen del estado no han aportado los suficientes recursos para la modernización de las redes de ferrocarriles o han generado desde décadas la esclavización de los catalanes a los peajes, o, han sido testigos de la construcción de autovías y trenes de alta velocidad vacios, mientras la obsolescencia de las redes de comunicación catalanas han impedido el desarrollo de todo el potencial que allí habita o que aún no esté finalizada la conexión de la alta velocidad con Francia.

El catalanismo político

En el plano político, Convergencia ha dado el paso para convertirse en un partido nacional. Hasta el momento, actuaba como un partido regionalista, y me explico. La relación entre CiU y los diferentes gobiernos nacionales ha sido de colaboración para mantener la estabilidad del estado, a cambio, se daba la impresión, que la Generalitat iba arrancando concesiones y para ello no hay mejor ejemplo que la larga etapa de la presidencia de Pujol, cuando, en realidad, el estado racaneaba el desarrollo autonómico.

El catalanismo es en definitiva un cuenco donde caben todas las visiones sobre Catalunya, desde la derecha no españolista, hasta el independentismo. Convergencia ha sabido, durante estos largos años, hacerse con el cuenco mejor que nadie, pero no debemos olvidar que la actual masa social catalana coincide en la visión de Catalunya como entidad política diferenciada.  La aportación de los partidos políticos de izquierda, principalmente, el trabajo que el PSUC realizó durante el franquismo catalanizando a buena parte de la clase obrera ha sido esencial.

La derecha catalanista, aunque de todo hubo, fue antifranquista y ese nexo ha podido mantenerse hasta tal punto que la población catalana es casi homogénea en el reconocimiento de Catalunya como nación. Catalunya siempre fue un territorio integrador y ha posibilitado que las generaciones procedentes de la emigración propia y extraña hayan sentido suyo el país y se han convertido en un componente esencial para la visión de una Catalunya independiente.

CiU también ha cosechado e integrado ese voto procedente de la emigración. Esto se ha visto reflejado en su avance continuo en poblaciones suburbiales. Lo que en tiempos se llamó el cinturón rojo, ha pasado a ser cuatribarrado. Algo parecido al avance del PP en la comunidad de Madrid o de Valencia, donde ha conquistado  feudos de la izquierda ante homogenización social-liberal. A su vez, el partido de Más también ha sabido mantener el voto de la Catalunya interior y/o rural, un voto conservador y más cercano a las tesis independentistas.

Así se conjuga que derecha e izquierda mantengan un terreno de acuerdo, una visión del territorio común, frente a sus homólogos o referentes nacionales que mantienen serias diferencias sobre la visión de España. El derechismo popular hace suyos los postulados que el franquismo acumuló durante la interminable dictadura y la izquierda está dividida entre un españolismo  suave y una teórica visión federal de España, cuya expresión más próxima es el estado de las autonomías, una especie de régimen federal camuflado bajo los eufemismos, el café para todos y las cortapisas constitucionales. Habría que añadir los que apostamos por una república federal sin ambages, racionalizando el actual tablero autonómico.

(Continúa)

Pedro Peinado, Serranía de Cuenca, 11 de octubre de 2012

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