Teresa


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Se marchó de Cuenca pensando que era una ciudad fea. Su cerros pelados le parecieron desapacibles, fríos, coronando una arquitectura de ladrillo de obra vista, allá donde se mirase. La única variación urbanística de las moles de la Cuenca contemporánea es el diferente color de sus ladrillos. Claro que ella no había podido visitar la ciudad vieja, que como una isla se salva del terror de la piqueta que ya había desbastado el ensanche nacido en los principios del siglo pasado, cuando las familias empezaron a abandonar la ciudad amurallada, desde hace años, ciudad patrimonio de la humanidad.

El mal gusto de los constructores y las deficientes políticas urbanísticas han ajado a España con barrios de pisos vacios, deshumanizados, inconexos, insostenibles y feos, extremadamente feos.

Atravesó la nueva estación del AVE. Las ruedecillas de su maleta se detuvieron ante la cinta de seguridad. Mientras desaparecía en el habitáculo del escáner, pensó que era un lujo para aquella pequeña ciudad tener tan moderno medio de transporte, pero, como barcelonesa no entendía que hubieran exiliado la estación de la ciudad, con lo cómodo que hubiera sido instalarla en el centro, donde casi no era necesario trasladarse en vehículo y llegar andando. Allí, desangelada, con poco tráfico de pasajeros entresemana, difícilmente sostenible, en las actuales condiciones económicas que atraviesa el país, se daba de bruces con los resultados de las obras faraónicas que nacieron cuando España, de nuevo, soñó en volver a ser imperio. La maleta salió del pequeño túnel. El de seguridad no le dio ni los buenos días, aburrido que estaría de no saludar a nadie. La llegada del AVE a Cuenca fue una merecida y justa recompensa a la lucha de sus ciudadanos que hartos por tanto abandono secular se lanzaron a la calle.

Contó a las personas que cogían uno de los ferrocarriles más rápidos de Europa con destino a Valencia.  Nueve seres que al rato circularían a más de trescientos kilómetros por hora. Arrancó el tren, aún sumida en el frió que recibió en la pequeña espera del andén. Desde la ventanilla pudo ver los arrabales de la ciudad. Sintió una punzada en el alma y se dijo que las cosas no iban a ir mal y que podría volver a celebrar la victoria sobre la enfermedad que atenazaba a su hermano, al que había dejado la noche anterior en una minúscula habitación del hospital, bien atendido por los profesionales que se cuidaban de poner freno al tumor y a las complicaciones que pudieran llegar.

Será, a la vuelta, se dijo, cuando podría rememorar las maravillas y secretos de una ciudad milenaria, bella y oculta por el desmedido crecimiento de la burbuja.

Pedro Peinado. Serranía de Cuenca. 6 de diciembre de 2012.

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