Hospital de día: Segundo Ciclo.


El País 31032012

El tacto, con el frío, se revierte en miles de agujas, los sensores que lo alimentan se independizan y cada uno de ellos emite un mensaje en forma de alfiler. Se clavan con intermitencia en las yemas de los dedos, dejando su recuerdo durante unos instantes, nunca breves. Aumentan, al enfriarse las manos, desaparecen con el calor.

El gusto se torna metálico y te decantas por los sabores fuertes frente a la trasparencia del agua. La lengua  se hincha, choca contra la muralla de tus dientes y quedan marcados en su punta, como la chapa de un refresco. Durante unos días, aparecerán llagas que incomodarán los desayunos, los almuerzos, las comidas, las meriendas y las cenas. Huirás de los platos humeantes y de la bebida fría. El dulce, el amargo y el salado siguen predominando, pero lo soso puede volverse desagradable y descubre el verdadero sabor de la carga de medicamentos administrados. Será por ello, que junto al agua, en el hospital de día, reparten cola y zumos, a media mañana. Allí, en la sala, en mi primer día, solo recibí la sangre necesaria para paliar la anemia que sufro. Entre las decenas de personas que allí nos encontrábamos, coincidí con Ana. Ella me adelantó lo que iba a convertirse en una rutina durante los próximos meses. Inicié así mi contacto con el nuevo grupo al que la enfermedad me había adscrito y conocer su testimonio era alumbrar el túnel largo y con múltiples recovecos en el que me hallaba sumido. Entendía, ahora, la insistencia de la doctora y de la psicóloga en conocer mi estado de ánimo, en anticiparme a las diferentes fases que iban a ocurrir. Lo importante, no es tener ánimo, sino mimarlo durante el largo viaje y estar preparados, pues, éste, no está exento de recibir malas noticias.

El mal es caprichoso, necesita de ti a cada instante. Suele avisar sordamente de su llegada o aparecer de improviso desplegando todo su poderío, una larga punzada, penetrante, incapaz de encontrar fin. El mal se encabrita, desagradecido, a pesar de que eres la causa de su existencia y requiere toda tu atención, sin compasión, inmisericorde. Durante la noche, sí no ha conseguido instalarte en el insomnio, romperá el mejor de los sueños. Cuando el mal atraviesa el umbral, se presenta un dilema: sufrirlo, o, correr a por un calmante. Antes aguantaba el dolor hasta que éste daba muestras de radicalizarse, ahora, los médicos, recomiendan tomar un analgésico al primer síntoma hacerle frente sin demora ni darel oportunidad a que se extienda.

En la sala, la mayora parte del personal es mayor, muy mayor. Algunos de ellos, están en tratamiento desde hace años, a requerimiento de la enfermedad. Ahí, luchando, sin queja alguna, con la aguja clavada y con unos efectos secundarios nada agradables. Destaca la presencia de mujeres, algunas protegen la ausencia de cabello con gorros de lana o pañuelos.

En mi segunda sesión, la primera en el hospital oncológico de día, he sido casi el más joven en las cinco horas largas que ha durado la primera parte del ciclo. El día anterior, me habían operado e introducido un botón debajo de mi piel, éste, a su vez, está conectado a una arteria, bajo la clavícula. Así evitan seguir pinchando en las venas de los brazos, demasiado castigados tras dos semanas de estancia en el hospital. La sensación, durante los próximos, será la de llevar clavado un puñalito en el pecho, con la retirada de los puntos, desaparecerá.

Entre los usuarios, había una persona más joven. Hablamos al final. Nos habíamos quedado solos. Hablamos de lo nuestro, unos breves minutos. Irradiaba ánimo, al igual que la mayoría del personal que nos atiende. Por el hospital de día, pasarán más de cien personas, la angustia se atenúa, se socializa y se respira vida en la sala, se palpa la lucha abierta contra el mal, las ganas de seguir respirando. Hay un hecho común que nos lleva a sentarnos en las butacas, un compartimento terrible y repleto de esperanzas, rotas y reconstruidas. Se funde la esperanza con la resistencia a que se estreche el pasadizo, a que la luz deje de ser tenue y nos entregue a la obscuridad.

Nada más clavarme la aguja en el botón, colmaron de bolsas los ganchos. Las cubiertas de un plástico opaco y azul que las protege de la luz, componen el ciclo de quimioterapia. El resto, era una larga lista indescifrable de medicamentos y sueros que a turnos, separados, o, de dos en dos, iban conectando. Caí dormido bajo el efecto de alguna de aquellas substancias, según me dijeron, pero ayudó, sin duda, el haber dormido poco y la cita con el hospital era a hora temprana.  Durante la sesión, me despertaba cuando el impulsor electrónico del gotero emitía un desagradable pitido avisando de cualquier incidencia relativa al fluido constante que regula el acceso de las substancias al sistema sanguíneo.

Procurar que el mal se extinga y no se reproduzca, son las misiones señeras. Un alto grado de paciencia y realismo. El combate contra el tumor se adueña de los días. De repente, cuando oyes salir de otros labios la palabra cáncer, como explicación a los síntomas que padeces, se esfuman diversas realidades con las que coexistes, incluso, en las que adquieres cierto grado de compromiso personal. Ya no hay cosas importantes y se produce un cambio de rutinas. Sí, como es el caso, viene precedido de una larga enfermedad, adaptarse a la Situación, es sencillo. Parte de tu cerebro ya tiene dispuesto el acomodamiento, se acabó la dispersión de desarreglos y han adquirido un nombre que los agrupa y que suena terrible cuando se pronuncia. De golpe, tienes todo lo que desearía un mal criado. Comer cuando y cuanto quieras, dormir y pasear, poco, por el frío. Se acabaron los planes, las obligaciones laborales y las agendas, se suspendieron los viajes, las vacaciones y todos los días de la semana son viernes, o, sábado, o, domingo. Soy un afortunado, dentro de la gravedad del asunto. Tengo arreglo, aseguran.

Cuando estuve ingresado en el hospital, no vi mucha televisión, pero en una de esas noticias espeluznantes sobre los accidentes de tráfico, mostraron las imágenes de un coche de alta gama alemán. Una grúa lo elevaba perpendicular al suelo. El golpe, atroz – no puede oír el parte de asistencias por atender una llamada – pensé para mis averiados adentros, entubados mis dos brazos, casi levitando, que el destino del conductor y los ocupantes de aquella joya de la ingeniería, había sido peor que el mío, pues no había quedado ni un tornillo en su lugar y de haber sobrevivido a tal siniestro, las secuelas serían terribles. Ellos, probablemente, muertos y yo vivo, con mi pesar, por lo menos tenía por delante la posibilidad de luchar por mi vida, concluí mi reflexión hospitalaria sin un ápice de conformidad.

Al sonar el pitido que señalaba el fin de la sesión, agotada la última bolsa, el ciclo debe continuar en el domicilio en una segunda fase. Procuran un gotero que puedes portar en una riñonera y al que estarás unido durante cuarenta y ocho horas.  Hasta hace unos meses, con el gotero portátil te facilitaban una bolsa que colgabas de tu brazo. Han prescindido de esa donación ¿Cuántas más cuestiones nos quitarán en este futuro incierto en el que nos sumen nuestros gobernantes? Empiezan royendo los desperdicios, para luego adueñarse de la casa.

La medicación produce un cúmulo de desgraciados efectos que no cabe listar, males necesarios que hacen tangible la severidad del tratamiento. Psicológicamente, el abatimiento es general, metálico, como el sabor del agua al que hacía referencia. Puede confundirse con la tristeza, pero no lo es, ni pena. Un estado difícil de explicar por su recién aparición, sin anotación en los registros vitales, sin experiencias previas vividas y con conocimiento difuso sobre el mal y su tratamiento. Durante las próximas semanas, se presentará de manera ineludible y podrá explorarse. Debe hacerse con todo sentimiento que de verdad importa. Pese a la decena de productos farmacéuticos almacenados al efecto, ninguno de ellos sirve para afrontar esa extraña vivencia, personalizada, de duración indeterminada, que traspasa la frontera de los días. Hay una substancia prohibida, tolerada, ahora, por estas cuestiones, que sirve para afrontar esa pesada carga. Sus efectos secundarios son más leves que algunas de las pócimas que se utilizan durante el proceso de curación. Debería proveerse en establecimientos acordes a la naturaleza paliativa del producto. Dios, qué barbaridad, no hay que olvidar que procedemos de la cultura del sufrimiento procesional. No está uno para calvarios, ni considera que nuestra civilización haya llegado, aquí, en pleno siglo XXI, a sufrir, a que nuestras vidas deban ser un valle de lágrimas, que nosotros solo somos una simple cápsula de un intangible que llaman alma y que, con la descomposición del continente, ésta sale parachutada a una nueva existencia. No soy hombre de fe en lo intangible, pero ésta no se me acaba porqué creo en la naturaleza y en su fuerza.

La papelera va llenándose de envoltorios farmacéuticos. Lo peor de este tránsito es que para sanar, enfermas. Los amigos mandan con sus ánimos propuestas de medicina alternativa. Se reciben recomendaciones de plantas paraguayas, sesiones de masajes de nombre impronunciable, yoga, tratamientos con bicarbonato y un preparado cubano que al parecer tiene un buen comportamiento ante los efectos de la quimioterapia. A veces, es mejor no saber. Hacerlo poco a poco. La información en exceso, aturulla. En los escenarios humanos, el ruido no ayuda a discernir y, cuando se trata de la salud y ya adentrados en ese pasadizo obscuro, no es cuestión de ir dando saltos de charco en charco, el responsable último serás tú, así, que la predisposición ha de ser positiva, acostumbrar la vista al bajón de luz en el que se sume la vida y comprender que no es un apagón. Es, quizás, la primera vez que uno se enfrenta consigo, desnudo, sin más coraza que la piel, sin más armas que el cuerpo, ante el espejo de la vida. Sí en la Situación, estás acompañado del amor de los tuyos y deseas continuar sintiendo las vueltas que da el mundo, ya has recorrido medio trecho, el otro medio corresponde a fuerzas que desean llevarte en volandas hasta el final del túnel. Déjate llevar.

Salud.

Pedro Peinado. Serranía de Cuenca. 13 de diciembre de 2012

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