Cuarto Ciclo


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Una señora desgarra la sala. Sois más de cuarenta o cincuenta personas allí. Al llegar te han asignado una cama de las reservadas a los internos en vez de la butaca. La noche anterior, la pasaste de nuevo en el limbo de los ausentes. Gastando corriente, al precio que va. Conversabas con las musarañas y como tantas veces en tu vida te burlabas de la muerte. Cuando te dijeron que tenías cáncer, no te vino de nuevo. Después de haber sobrevivido a varios accidentes, siempre oías que habías tenido suerte, aunque cada uno de aquellos golpes había dejado su marca en tu cuerpo. La fortuna piensas, no era haber salvado la vida, si no que hubieran ocurrido los siniestros. Sabes que esto es serio y lo peor es que dependes de muchas manos y no siempre acertamos. Surgen errores, cuestiones azarosas que complican lo ya de por sí difícil, que cuando acabes el tratamiento puedas vivir como lo hacías dos años antes. ¿Cuánto tiempo llevabas con el mal en tu interior carcomiéndote? Qué supieras en junio próximo haría dos años que empezaste a tener molestias. La señora reza unas palabras incomprensibles, no parecen una oración, pero distingues la palabra virgen entre la verborrea. Su tono de voz se aproxima al grito no desgarrador, pero capaz de elevar los rostros alarmados hasta el lugar que no puedes ver desde tu posición en la cama. Sí, has dormido, en la sala hay más gente que cabe y a tu lado hay una mujer joven. La habías visto con anterioridad en la espera. Una mujer delgada acompañada de su esposo. Su segunda vez, oías mientras te desperezas. A los pies de la cama hay otro señor del que solo puedes distinguir la mitad de su rostro y la totalidad de su espalda. Todos pacientemente nerviosos, comentando la algarabía que te ha despertado. Demencia, dice el enfermero, que con cariño trata a los usuarios del hospital de día, en la Luz de Cuenca.

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Hombre me gustan las guerras, más que nada por la cantidad de cadáveres que producen, así puedo organizar paquetes y no ir recogiendo uno a uno, como posiblemente pasará contigo. La verdad, es que con tanto accidente que has tenido, al final, he de confesar, te he cogido cariño. No es que haya hecho nada especial, que no puedo, para librarte de mí misma, es que de la mala suerte que tienes, al final la acabas teniendo buena. Como los gatos que has adoptado sin querer, por el mero hecho que han escogido tu jardín para llenarlo de caca. Se comieron a los ratones, deben tener su recompensa y seguir sintiéndose libres, mantengo con ellos la mínima relación de dependencia. Sí, pero si les vas echando comida, al final eres corresponsable de sus vidas. Ellos tampoco es que se dejen querer. Aún Gato, se deja acariciar, pero Gata, huye aterrorizada, cuántas perrerías le habrán hecho. Es curioso, has utilizado perrerías para referirte a los gatos. Se produce mucha violencia sobre los animales, Gata, debe haber recibido algún palo o alguna pedrada. Como te decía, las guerras son un verdadero chollo para la institución que represento. De una saca, puedes llevarte mil o diez mil diarios en diversos puntos del planeta. Me gustaban más las guerras de antes, eran más limpias. Se reunían en una pradera y hasta que no quedaba uno en píe no paraban de herirse hasta la muerte. Aunque se batieran en medio del entorno natural, al final quedaba todo más recogido y los buitres acababan mí trabajo, pero, ahora, con esa manía que les ha dado por bombardear a la población civil, es más sucio. Muchos niños, mucha gente inocente que he de llevarme  al negro más negro del que puedas conseguir cerrando los ojos. ¿Y adónde los llevas? A las más completa oscuridad, te he dicho. No hay nada al otro lado. Nada. El más completo de los silencios. Nada es nada, allí no existe el pensamiento, ni el movimientos, ni corre el aire para que respires. Esta noche has venido muy pesimista. Añoro el pasado, fíjate tú la racha que llevamos en el mediterráneo: Libia, Siria, ahora, Mali. Guerras sin más fundamento que el interés económico de unos pocos. Muchas vidas miserables, pero vidas al fin y al cabo. Qué te voy a contar. Ando, desde que el mundo no era mundo por esta tierra. Cuando aún no había Vida, yo ya andaba desconsolada pues en este planeta no había nada más que lava y nubes negras que impedían que el sol las atravesara. Ya estaba en la estación, antes de que colocaran las vías del tren. Y apareció la Vida. Sí, lo hizo pacientemente, sin prisa, pero fueron otros la que la sembraron. ¿Qué quieres decir? ¿Somos extraterrestres? Algo así… Por favor, Muerte, cuéntame el origen de la Vida.

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De nuevo estoy en la torre. La torre es la nueva ubicación de lo que llamamos el despacho. Desde que recuerdo, siempre me las he compuesto para tener un lugar de trabajo en todas las casas que he habitado, una mesa, a la que con los años se unió el ordenador. Ambos objetos y una silla han sido insustituibles desde que pude vivir solo y luego en matrimonio. Cuando pensamos en alquilar un piso o cuando compramos esta casa, una habitación debía ser el despacho. En los inicios, algo que pudiera compartirse, pero, siempre, ha sido mi espacio, con cierto grado de intimidad, total, cuando todos duermen. La puerta suele estar abierta, pero no deja de ser un espacio egoísta del que me acabo adueñando. El tiempo me condujo a poder trabajar en casa, así el despacho se convirtió, además, en la oficina.

Al llegar a esta casa, primero situamos el despacho en la habitación del balcón. Cuando nació la pequeña, le asignamos esa habitación y trasladamos los trastos a la que llamo torre. Es la habitación más grande de la casa y nuestro dormitorio. Recuerdo muchas noches, estar trasteando, escribiendo o perdiendo horas de sueños mientras ella dormía. Yo no lo hubiera soportado. Así, que argumentando mis remordimientos por perturbar sus sueños, trasladamos el despacho a lo que era la habitación para los invitados. Ahí debo haber gastado los últimos cuatro o cinco años escribiendo, investigando, redactando proyectos y justificaciones. En la oficina en que se convertiría también nació el mal que ahora la quimioterapia quiere reducir a la nada.

Me han exiliado en la torre, la cuarta ubicación. Todo responde al nuevo orden impuesto por ella. Ha trasladado el dormitorio a otra estancia, anteriormente denominada Juegos, pero ya se sabe,  la infancia, las pequeñas nunca han utilizado esa habitación en todas las ocasiones que habíamos deseado cuando pensamos en una sala de juegos donde pasarán los ratos ellas y sus amiguitos. Finalmente se vio convertida en un almacén donde reposaban decenas de cajas de trenes y muñecos, y el resultado de las coladas.

Estos cambios en la casa, el reordenamiento de nuestra vida desde que caí enfermo, ha sido inteligente por su parte. Obedece a la necesidad de hallar un nuevo orden que aplaque la situación devenida y quiero pensar que contiene un plano simbólico. No cabe duda que los cambios guardan una relación directa, una necesidad por su parte de alejarme de la habitación más fría y oscura de la casa, y la de aislarme en la torre, iluminada a dos vientos, procurando que mi vida sea más plácida. Me aleja de la habitación donde se conjuntaron las estrellas para proveerme de la terrible enfermedad. Cuando busco las razones del Mal, por qué ha anidado en mi interior, consideras que guarda una relación directa con algunas de las malas experiencias que he tenido estos últimos años. Tendemos a atribuir a causas externas, unas objetivas, otras delirantes, lo que nos acontece, excluyéndonos de su responsabilidad. Algo muy del país. Si quieres disminuir la tensión, debes ser estricto en el análisis, de lo contrario van apareciendo fantasmas que te piden cuentas, mientras los fantasmas que arruinaron tu vida siguen gozando de ella, de mucho del trabajo realizado, convencidos que ya estás fuera de juego y que en el futuro no tendrán que volverse a enfrentarse. Tantas injusticias han visto mis ojos en estos últimos años, que parte de la fuerza que me lanza a sobrevivir, es recuperar la fuerza y volver al escenario del que a empujones te han echado.

Me he propuesto enfrentarme al Mal por mi lado. La medicina tiene su papel, pero el bicho está dentro recreándose hace ya dos años y he decidido sincerarme y pasar las páginas del libro al revés, buscar el origen, cuando la tripa se me rompió. Es por ellos que estoy iniciándome en el camino que llamo el visionado. Su técnica es muy sencilla, miras al sol un instante y luego cierras los ojos. Has de estar relajado y al unir los párpados verás que el negro habitual se ha transformado en un anaranjado, rojizo y empiezan a aparecer formas. Esas formas son la clave para que puedas realizar el viaje a tu interior, reconocerlas lleva algo de esfuerzo, de practicarlo en el momento preciso en el que todas tus fuerzas se concentran en esas formas hasta reconocerlas. En ocasiones, las formas se transforman en personas que te  cogen de la mano y te adentran en los rincones de tu pasado. Las formas también pueden ser animales, espacios, objetos que no sabes de que forman te encuentran y te sirven para rememorar escenas olvidadas de tu vida. No todos los viajes representan un ir y venir en una máquina del tiempo, también te permite, entrar en tu mundo interior y soñar, o, enfrentarte a ti mismo, o, antecederte a los sucesos probables.

Cuando enfermas, así, como yo, te vuelves un poco paranoico, peor, si ya lo eras. No es el caso ¿o sí? Nos conocemos tan poco. Aquí en la Torre, en un día tan frío como soleado.

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Un pensamiento en “Cuarto Ciclo

  1. Lo vas a superar porqué todo lo que escribes emana fuerza, aunque tú estés hecho polvo físicamente, y en algunos momentos, claro está, psicológicamente, tienes derecho, faltaría más!!! Pero tú sigues adelante, como los guerrilleros…buscando los puntos de apoyo… tú, ella, las niñas, la vida…todo lo que queda por hacer…tus amigos…Sta.Cruz de Moya…
    Adelante, mi querido Pedro!!!
    Sabes que te queremos.

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