Son los ciudadanos.


Si algo tiene la efervescencia social de los últimos días, como en el 15M, es la carencia de vanguardia sindical, o, política. Son los ciudadanos los que han tomado las calles rebasando a las organizaciones tradicionales que deberían defenderles.

Es un mecanismo de defensa social producto del hartazgo de la sociedad corporativa y de sus mafiosas ramificaciones, de las estructuras de un estado encorsetado desde que la madre transición le dio a luz y donde la impunidad, la corrupción y los privilegios campan sinvergüenzas con aire aristocrático.

Son muchos los argumentos que pudiéramos anotar para hacer un esbozo de lo que nos ocurre. Hace ni tres días, escribía sobre la paradójica situación de la policía ante las manifestaciones y la violencia utilizada contra los manifestantes. Y ya es la propia policía la que se manifiesta. Corre como un reguero el manifiesto de la Asociación Unificada de los Militares quejosos como es normal de la situación que vivimos. Ocurre todo a tanta velocidad que ya reflexionamos sí nos encontramos ante una revolución ciudadana.

Decía que la reacción social de hoy mismo, es un mecanismo de defensa de la sociedad carente de las tradicionales vanguardias. Como todo mecanismo de defensa es conservador. En este caso, actúa para defender las conquistas sociales y políticas que hemos forjado los  trabajadores y las llamadas clases medias, las principales víctimas de la crisis.

El triunfante discurso de Rajoy no resultaba el tiro de salida. Oportunamente, se han ido incorporando a la calle los colectivos que se sentían afectados por las medidas restrictivas que cual cascada improvisada han ido enunciando los gobernantes y, además, tenían que soportar su criminalización por los bárbaros neoliberales: estudiantes, maestros, sanitarios, empleados sociales, mineros,… Cada colectivo iba uniéndose de forma colorida: mareas verdes, blancas, anaranjadas, negras.

El jueves 11 de julio de 2012, Rajoy dijo que nada podía hacer más que aplicar unas medidas que afectan al total de la población. No hay ciudadano, incluidos los empresarios, que no se vean ninguneados por las medidas de ajuste que persiguen, no tan solo corregir las desviaciones del déficit, sino, además, imponer un modelo ideológico que transgrede el pacto social no escrito que nos ha hecho vivir en o paz desde la muerte del dictador.

¿Y qué peor acción podía hacer aquél que dijo que iba a cambiar las cosas sin adoptar medidas que empobrecieran aún más nuestros hogares? Las adopta y nos confiesa que no puede hacer nada de lo que prometió, si no, lo contrario. Sus votantes ya le han dado la espalda.

Si hacemos un recuento de quiénes han quedado fuera de la furia del gobierno, nos encontramos: Los  políticos de altura, la casa real, la iglesia, los directivos de las grandes empresas y los banqueros. El resto de la sociedad, el famoso 99%, está intervenido. Y esa intervención nos afecta a nosotros, a nuestros hijos, a nuestros nietos y a saber. Es el mayor atraco de la historia pretender que paguemos en dos años una cantidad similar al agujero que la banca ha generado y  que los gestores políticos y financieros responsables de la cosa se vayan de rositas y se alarmen cuando un juez los llama o les imputa por sus conductas pasadas. Sí realmente fuéramos un país normal, deberían estarnos danto explicaciones los operadores y los controladores, lo menos desde que estalló la famosa burbuja. Los críticos a las medidas de Rajoy tenemos como ejemplo a Islandia, que nada más producirse el crash destituyó al gobierno, encarceló a los responsables de la quiebra, nacionalizó la banca y redactó una nueva constitución. Y si hay que salir del euro para que no haya un desahucio más, se sale. Hacen falta políticos valientes y es de cobardes ceder soberanía y cargar sobre los pobres la crisis que el partido gurteliano ha colaborado en crear.

En el 11 de julio los diputados populares, en vez de mostrar constricción, celebraron con jocosos aplausos, risas y lacerantes insultos el discurso de su líder. En seis meses, hemos tenido que oír la mayor sarta de mentiras que nuestro cerebro es capaz de digerir. Estamos al borde de la insurrección.

Es tal el retraso de las organizaciones sindicales en el asunto que han adelantado la convocatoria de una huelga general del mes de octubre a septiembre, aún en discusión. Demostración de cuan oxidados están los sindicatos que no son capaces convocar para hoy mismo acciones que impidan que nuestras vidas sean trastocadas de tal manera que pase un siglo hasta que podamos levantarnos. Es por ello, que los ciudadanos, aprendida la lección del 15 M, aprendida la lección de los colectivos damnificados salen a la calle a decirles que estamos hartos de que siempre sean los mismos los que paguen y que a ellos no se les caiga la nómina de vergüenza.

Pedro Peinado

Serranía de Cuenca, 16 de julio de 2012

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