Teresa


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Se marchó de Cuenca pensando que era una ciudad fea. Su cerros pelados le parecieron desapacibles, fríos, coronando una arquitectura de ladrillo de obra vista, allá donde se mirase. La única variación urbanística de las moles de la Cuenca contemporánea es el diferente color de sus ladrillos. Claro que ella no había podido visitar la ciudad vieja, que como una isla se salva del terror de la piqueta que ya había desbastado el ensanche nacido en los principios del siglo pasado, cuando las familias empezaron a abandonar la ciudad amurallada, desde hace años, ciudad patrimonio de la humanidad.

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