Hospital de día. Tercer ciclo.


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Se acentúan las molestias. Sientes que la pierna derecha empieza a fallar. Se inicia con un ligero arrastre. Algún tropezón inoportuno, casi caes y no te lo explicas. Cansado de la sobrevenida torpeza, te descalzas y miras el pie que provoca la pata chula. No puedes elevarlo. A pesar de que conscientemente ordenas y tensas tus músculos para moverlo en la dirección deseada, no obedece. Te preguntas por qué solo se afecta uno y no el otro, y piensas que no es a causa del tratamiento, de serlo, el izquierdo también desobedecería tu orden, pero el izquierdo no. Obedece. La doctora te hará andar por el pasillo. Quitará importancia. Es la quimioterapia, dirá, y de continuar así deberán moderar la dosis.

Aumentan los síntomas del puro veneno, pero tus defensas soportan el proceso y los datos positivos de tus constantes te animan a sobrellevar la carga. Al retirarte el gotero portátil, ese que cargas en la riñonera y que te acompaña durante dos días, caerás en el abatimiento. Así dos o tres días, tal vez cuatro. Y volverán los dolores en el vientre que no calman los analgésicos. Si todo esto fuera más llevadero podrías leer con calma, escribir, pero cada golpe en la tecla te despierta a la realidad, las miles de agujas que ahora se clavan para escribir esta palabra, te arrojan ante la afrenta, seis meses a la vista de un calvario injusto que nadie debería padecer.

En la sala del hospital de día, te has dormido. Las enfermeras sonreían cuando abrías los ojos, ya porque pitara la máquina que mantiene el fluido de los goteros, ya porque era hora de comer. Te habían ofrecido la cama pues no quedaba sitio en las butacas y no has dudado. Pasaste la noche en vela en esas conversaciones que mantienes con las sombras mientras en el televisor se inician las teletiendas. Estás seguro que habrás roncado, lo que te provoca cierta vergüenza interna y considerar que habrás sido protagonista de algún comentario del numeroso grupo que desgraciadamente acude al hospital.

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Hoy me visitó la muerte. Lo  hizo a obscuras, cuando todos dormían en la casa y esperaba el amanecer del cuarto ciclo. Estaba viendo el televisor sin mirarlo, cuando me percaté de su presencia. Silenciosamente se había sentada frente a mí; me observaba pausada, reposando mientras captaba mi atención con su frio silencio.

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Acordamos, por primera vez, poner un árbol de navidad en casa. Las chicas escogieron que fuera uno de plástico, de los que venden en los todos a cien. Desaconsejaban, siguiendo las pautas que aprendidas en la escuela, que no utilizáramos uno natural, que suelen morir en su mayoría. Tampoco querían uno cortado, esos solo sirven unas semanas. Así que compraron un árbol sintético al que le añadimos bolas y cintas y unas bombillitas. Nunca he sido partidario de estas situaciones, ni siquiera los belenes me han supuesto una atracción salvando los primeros años de la infancia. No digo ya con el resto de obligaciones digestivas y familiares que representan estas celebraciones. Este año, era diferente. Íbamos a pasarlo en nuestra casa, por primera vez, y para frustración de las pequeñas habíamos anulado por imposible nuestro tradicional viaje a Barcelona y el posterior a Santa Cruz de Moya. Estas eran las primeras navidades que íbamos a pasar en nuestra casa, así que me vi decorando el árbol mientras las pequeñas hacían caso omiso a mis protestas. Vamos a ver, señoritas, así que ha de ser el papa el que coloque las bolitas, mientras ustedes, como la campanilla de Peter Pan sobrevuelan la casa causando un desastre tras otro. La tele absorbía su falta de energía para seguir devastando la casa.

Preguntan qué cuando estaré curado, les digo que en junio, para mi cumpleaños. Estaré fetén. Para ellas eso es una eternidad. Lo es para su padre, quizás la última eternidad. Sí ya sé, no hay que pensar, recomiendan espantados los amigos cuando les describes tus diálogos con la muerte, pero hay que pensar en todo sin hernias mentales. La muerte es natural, como la vida y es inevitable pensar en ello, por ellas, por ejemplo. Eres el principal perjudicado, pues  seguro, salen para adelante, pero piensas en las chicas y en los que les puedes dejar a deber, pese a que te espere una larga vida ¿no? Son esos días en los que ya no podrás ver o sentir el horizonte, los que de verdad pesan como una losa sobre el pecho, sobre la espalda, la que acorta tus brazos, vuelve torpes tus piernas y, con frecuencia, se advierte en una mirada vacía. Es una enfermedad terriblemente egoísta que según su avance puede ser más llevadera, con una vida cotidiana sin casi ruptura, pero dependiente. Voy a saco, encerrado en casa, viendo pasar los días soleados sin salir, pues el frio vence al sol y causa tantos malestares que al final renuncias a enfrentarte a él. Añoras la primavera, faltan solo unos meses, los días pasan rápidos entreteniendo mi mente con lecturas retrasadas, cine pirata y asomado a la ventana del mundo, viendo y leyendo con amargura como el éste justo avanza en la dirección contraria a la que desearías.

Sí, te pones trascendente, sin nudos en la garganta, aflorando si flojeas una o dos lagrimillas, pero consciente que es tu batalla, la más sincera y descarnada y poco puedes hacer porque sea la última. La muerte ganará si no se le pone fin a esto y no hay garantía alguna de que no se reproduzca en el futuro o que aparezcan migajas del trastorno en algún otro órgano. Así que en esos diálogos se congelan algunas palabras, otras surgen de un volcán. En esas conversaciones generadas por el pensamiento en un escenario simbólico, revives escenas del pasado, especialmente, aquellas que mayor surco ejercieron en tu memoria, las buenas y las malas, las regulares y las intrascendentemente vitales. Me arrepiento de algunas, de aquellas de las que brotó la enemistad y de las que me siento responsable por no haber operado o acertado oportunamente.

Sí, hay que pensar. Nunca hubo un mejor momento para ello. La sinceridad es una medicina, quizás la mayor, por lo menos contigo mismo, tantas veces nos engañamos en seguir el ritmo impuesto por las rutinas, por seguir haciendo lo que no es de nuestro agrado, que no nos apercibimos que nuestra vida se encauza hacia la enfermedad. Los que son capaces de detener los tiempos o huir de la esclavitud del reloj, los proyectos y los compromisos, llevan ventaja. Debemos medir nuestros compromisos, si no al final pasa esto, que de no hacerte caso a ti acabas entregado a esa sola causa. Salvar los muebles de la catástrofe. Lo demás, cuentos y más cuentos, el reloj ha dejado de gobernar los días y puedes quebrar las fronteras del sueño y madrugar al antojo, bien por el placer de ensanchar el día o por iniciarse una de esas conversaciones en la que desnudo y frío visualizas el negro túnel de tu colon y te enfrentas cara a cara con el mal. Te derrotaré, tengo las mejores armas del que uno puede disponer, haré de ti nada, quebrar mi vida en su momento más crucial, cuando más fuerte debía estar para resistir esta puta crisis.

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La muerte está en silencio. Respirando profunda mente. Su aliento hiela la habitación y me siento en el interior de un cubito frente ella. Mis manos y mis pies se enfrían. Acuden los pinchazos que me acompañan desde que se inicio el tratamiento. Me tapo con una tímida manta. La Muerte no me mira, de hecho no veo su rostro. Se me ocurre que está reflexionando sobre qué fecha del calendario será mi último día. Le dibujará un círculo negro. Sí no vamos a hablar, me marcho, mañana empiezo el cuarto ciclo. Y me doy cuenta de que en cuanto hablo salgo del gélido cubo de hielo y el salón recobra su estampa. Es tarde y por poco que duerma… Es, natural, deberías dormir más, cuántas más horas dejas de dedicar al sueño más fácil me lo pones. Tenéis los humanos muy malas costumbres. Unos se atiborran, mientras la mayoría pasa hambre. Con un planeta como el vuestro otra especie más idiota que vosotros hubiera conseguido mayores logros. No me esperaba, que en esta visita fueras hablarme de los problemas del mundo. A la intimidad, amigo, a veces se llega  por lugares comunes. Ves a dormir. Y no se fue. Sentí cierto temor cuando tuve que darle la espalda para ir hacia el dormitorio, se quedó allí recostada, como si hubiera escogido nuestro salón para echar una cabezada y descansar del ir segando vidas de un continente a otro.

Pedro Peinado. serranía de Cuenca. 25 de enero de 2013.

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2 pensamientos en “Hospital de día. Tercer ciclo.

  1. Amigo Pedro, te he de pedir perdón porque tengo descuidado tu blog. Tengo muchas excusas, que no domino todo esto de internet, los nietos, los dolores, el corazón, el preoperatorio, Reillo, los iaioflautes, los vecinos, desaparecidos, las corales…pero no te las creas, lo primero es lo primero….perdona de nuevo.
    Creo que estás en un parto largo, duro, difícil, horroroso….pero al final nacerá un nuevo Pedro y muchos, y tú el primero, saldremos ganando, porque participaremos de tu triunfo. ¡Cómo relativizarás las cosas!, ya lo haces, pero entonces todavía más.Es como una noche de lobos, sin luna, por una senda llena de cantos puntiagudos y descalzo….pero al final, cuando al amanecer llegues a la cima, ya falta poco, y desde allí contemples el mundo, todo minúsculo, nada importante, todo sencillo, sonreirás feliz, dichoso por tu victoria…
    Cuando leo tus escritos me quedo sin habla. En cada uno de nuestros momentos, los que los vivimos creo que recibimos una fuerza especial, tú la tienes, yo me digo que no lo podría hacer como tú, que no sabría, pero creo que sí, yo también lo haría como tú lo haces porque estaría siguiendo tu ejemplo…
    No sé si te lo he explicado: cuando me desperté de la pasada operación, sentí un dolor indescriptible, no podía más, sin poder evitarlo, empecé a chillar sin vegüenza de todos los que estaban despertando conmigo en aquella sala oscura, no hay derecho, decía, por qué tanto dolor si no sirve de nada, al menos esta mujer que hay a mi lado ha sufrido, pero ahora goza de su hijo (yo oí entre tinieblas, las palabras del médico dándole la noticia de su nuevo hijo después de la cesárea). Es muy injusto el dolor, pero mucho más injusto es el dolor estéril. Piensa, Pedro, que tu dolor no es estéril, disfrutarás de esa vida nueva que ya no está tan lejos aunque a ti te lo parezca. ¡Ánimo, unos meses más! La verdad es que yo me siento animado al verte al pie del cañón aun en medio de tantos desvelos, dudas y dolores…Dentro de unos días me vuelven a operar, pero creo que no me dolerá tanto porque entonces me parece que fue un fallo humano de programa, pues me dieron muchos y fortísimos calmantes durante la temporada anterior a la operación. Ahora ya no tomo ni un gelocatil para no tentar al diablo, y porque no se puede comparar lo que siento ahora con lo setí entonces. Cuando me despierte, que seguro no será tan pesado como la vez pasada, me acordaré de ti y seré fuerte como tú. También me acordaré de ti cuando durante las largas noches mire la débil lucecita roja colgada del techo, y cuando amanezca y venga el nuevo día volveré a estar seguro de que aunque parezca un poco lejano pronto estarás también tú en ese día nuevo.
    Pasarán unos meses y vendrá el mes de octubre, y de nuevo estaremos al pie del cañón. Y muchas personas vendrán a disfrutar de unas horas de convivencia, intercambiando conocimientos y sensaciones viejas y nuevas a la vez. Y tú y yo y todos miraremos atrás y reiremos a carcajada limpia. Y subiremos al Cerro y le gritaremos a la muerte que se espere, que todavfía hemos de hacer muchas cosas, que hemos de seguir depositando nuestro humilde granito de arena para que, entre todos, podamos hacer que este mundo que nos ha tocado vivir mejore un poco.
    En Reillo, de aquí a unas horas, unas cuantas personas recogerán los restos de sus seres queridos. Lo harán emocionadas, entre sensaciones contradictorias de alegría y tristeza, de dolor y sosiego, de rabia y paz inmensa…todos nos recordarán a ti y a mi y estarán agradecidos porque también nosotros hemos ido dando empujoncitos para que llegara este momento incomparable que no olvidarán mientras vivan.
    Ánimo Pedro. Te prometo que intentaré estar al día y no olvidarme de lo que no he de olvidar, porque lo primero es lo primero. Buenas noches, amigo Pedro. Un fuerte abrazo!!!

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